Si tuve otras vidas,
no lo recuerdo.
Como no recuerdo
haber sido engendrado
o haber nacido.
Debieron enseñarme
a responder por mi nombre
y a manejar mi cuerpo.
Y también a recordar
todo lo que me decían,
cuando me decían
que debía recordarlo.
Cada vez que
mi atención vagaba,
me forzaban a llevarla
a los pensamientos
sobre lo aprendido.
Y fantasear
cualquier otra realidad
era considerado una locura
casi prohibida.
Dejar de prestar atención
a los pensamientos
y no tener siempre presente
nuestra historia personal
para dirigir nuestras vidas,
condicionados por ella.
Es una irresponsabilidad
y una traición
a nuestros orígenes,
nos dicen.
Una traición a los principios
que nos inculcaron,
a la familia que nos crió
y a la tierra
que nos vio nacer.
Un error este
transmitido de generación
en generación, que hace
que nos identifiquemos
con el cuerpo.
Y vayamos añadiendo conceptos,
nociones y creencias
hasta crear nuestra persona
en la memoria.
Y vivir identificados
y limitados por esa idea,
cuando lo natural
hubiera sido
vivir sin forma.
Que es en origen
como nos percibimos
la primera vez que tomamos
consciencia de ser.
Ese regreso
al estado original,
es lo que pregonan
las enseñanzas.
Desprender la atención
de su fijeza
en los contenidos
conceptuales del
pensamiento y la memoria
Para dejar de interpretar
la existencia
desde la limitación de la persona.
Y permitirnos vivir
en libertad
como nacimos,
disfrutando la percepción,
que incesante sigue
su propio transcurrir espontáneo.
Me enseñaron que moriría
y aprendí a ver
a mi alrededor
cómo les sucedía a otros.
Pero nunca me ha ocurrido a mí
y me temo que es también
un concepto más.
Como sufrir o preocuparse
y que como todos ellos,
ha perdido ya la capacidad
de atrapar mi vida.

















