Somos algo indefinible
sin nombre ni forma,
capaz de transformarse
en todo aquello
en lo que se enfoca
conservando memoria de ello.
La primera identificación
se produce automáticamente
con lo primero que hay,
que es la manifestación
de la consciencia universal.
Esto es, las montañas,
el cielo, los ríos, el mar
y el cuerpo entre otros,
aún en un solo bloque
indiferenciado de percepción.
De todo su conjunto,
la consciencia de ser elige
espontáneamente el cuerpo,
Marcando la primera
división de la dualidad,
al dejar la otra parte,
el mundo, afuera.
Así se inicia
el movimiento de la consciencia,
que es el funcionamiento de la mente
en forma de pensamientos
y creación de conceptos,
para relacionarnos a nosotros
en el cuerpo con el mundo.
El aprendizaje y la experiencia
refuerzan está identificación primera,
y refuerzan también
el funcionamiento de la mente.
Que los relaciona y aumenta
el contenido de la memoria
que forma la persona
y que crece y crece sin parar.
Rigidizando el binomio
nosotros y el mundo
y condicionando los pensamientos
y la dirección de la atención,
esto es, lo que vivimos.
El tema es romper el hechizo
de esta identificación primera,
para regresar a nuestra
naturaleza original
sin nombre ni forma,
capaz de identificarse
con cualquier otra cosa.
Entonces sentimos
la dicha y la paz
propias del vacío de contenidos.
A partir de aquí,
allí donde dirigimos la atención
surge un mundo entero
y mil posibilidades para identificarnos
y volvernos a desindentificar.
Hay quien elige entonces
permanecer en casa
dejando su karma fluir,
quien gusta de salir y entrar
siguiendo el acontecer.
Y quien sale un día
y como le place lo que percibe,
decide quedarse allí afuera
un tiempo en continuo cambio
o ya no regresar
hasta la muerte del cuerpo.











