Lanzo una pelota al aire,
golpea la rama de un árbol
de donde se desprenden
algunas hojas
que arrastran varias más,
y caen tapando algunas piedras
y otras hojas caídas
con anterioridad.
La pelota sigue su curso,
cae al suelo apartando
lo que allí hay con sus botes,
hasta rodar ladera abajo,
moviendo a su paso
todo lo que encuentra,
y al fin se detiene.
Ese es el karma iniciado
con la acción
de lanzar la pelota.
La intención de hacerlo,
la buscará en el lugar previsto
o lamentará haber movido
otros objetos por el camino,
que a su vez han generado
nuevas consecuencias.
Si quien la lanzó
no regresa a ese lugar o muere,
la pelota será encontrada
por alguien más,
y las hojas caídas a su paso,
serán arrastradas por el viento
desde el lugar donde
la pelota las dejó.
Todas esas consecuencias
originadas con nuestras acciones,
acompañan a la pelota,
que lanzada dio origen
a nuestro nacimiento.
Y que vapuleada
al pasar por infinidad
de influencias distintas,
causando mil emociones diferentes,
acabará deteniéndose
en algún momento.
El movimiento original
que da origen al nacimiento,
es llamado destino o dharma,
el resto es el karma del libre albedrío.
Tras reconocer nuestra
verdadera naturaleza original,
el karma desaparece en el pensamiento
y permanecemos serenos en el dharma.












