La única continuidad posible
está en el pensamiento.
Que es capaz de identificar algo presente
y relacionarlo con algo
guardado en la memoria
o algo imaginado.
E interpretar así una ilusoria
sucesión de percepciones aisladas,
formando con ellas
una historia que luego juzga.
Comparándola con sus
contenidos conceptuales almacenados,
como buena, indiferente o mala,
para la suma de todos
sus propios movimientos
desde que nacimos.
Que es la persona en el cuerpo,
que lleva nuestro nombre
y nuestra historia.
Así,
en vez de hablar de impermanencia
o de interrelación de todo lo manifestado,
deberíamos hablar de la continuidad
y de la separatividad.
Que son cualidades
que solo el pensamiento inventa,
y que nos hacen creer
que la ilusión que nos presenta
como mundo objetivo permanente.
Compartido por personas
independientes entre sí
desde el nacimiento hasta la muerte,
que acumulan objetos y experiencias
en busca de la felicidad, es real.
En verdad,
todo eso no son más
que infinitos pensamientos aislados
unidos entre sí por la memoria,
formando una cadena de eslabones
que en realidad están
separados unos de otros.
Por eso, basta retirar
la atención de los pensamientos
en un solo instante,
para que la ilusoria cadena
se desmorone
y nos permita percibir
directamente en plenitud,
dicha y paz.
El reflejo de la mente original,
que son nuestro cuerpo,
las montañas, el cielo y el mar,
desenvolviéndose en su
propia espontaneidad.
Y por eso, para experimentar algo,
para 'crearlo' en nuestro
'mundo real' del pensamiento,
solo tenemos que repetirlo
hasta que su hábito automático
se incorpora a la ilusoria continuidad
de nuestra existencia.
Y por la misma razón,
para que algo desaparezca,
solo tenemos que descontinuarlo.