Es un hecho compartido por todos,
que nuestra consciencia de ser
aparece al nacer
y desaparece al morir.
También lo es que ambas cosas
ocurren espontáneamente
y que entre ellas
vamos recibiendo
un determinado aprendizaje.
Y teniendo ciertas experiencias,
que nos hacen desarrollar
la historia de la persona
que lleva nuestro nombre
y que sentimos en nuestro cuerpo,
dentro de un mundo
en perpetuo cambio.
Y también es un hecho
que todos percibimos el mundo
a través de los órganos
de los sentidos.
Además de percibir
los pensamientos
que usamos como guía,
y con los que establecemos
un diálogo interno
sobre la identificación
e interpretación de lo percibido.
Que nos provoca
determinadas emociones
que nos conducen a la acción,
en la búsqueda de resultados
que nos concedan la felicidad.
Esquivando en lo posible
todo sufrimiento
y cuyas consecuencias
debemos asumir.
Con qué nos identifiquemos
y cómo organicemos
y manejemos todo esto,
depende de que sintamos
más o menos satisfactoria
nuestra vida.
Cuanto más cercano
al primero original
sea el arreglo, más sencillo
y llevadero será todo.
Y cuanto más estructurado
y conceptualizado
a través del pensamiento
y su memoria,
más complicado.
Pero siempre son
vivencias subjetivas
y creencias automáticas,
resultado de la combinación
de lo acumulado
a lo largo de la vida del cuerpo.
Contenido este
que es susceptible
de ser redistribuido
y aumentado, para dar lugar
a diferentes concepciones
del mundo y de la vida.
La propuesta universal
de recuperar el estado
mental original del nacimiento
y reconocer nuestra
naturaleza anterior
y posterior a la vida del cuerpo.
Ha tomado muchas formas y nombres,
pero es siempre algo muy similar,
que se enfrenta a la propuesta
de la búsqueda del conocimiento
y las experiencias
a través de los pensamientos.
La adecuada combinación
de estos dos elementos,
parece ser la que determina
nuestro estado de ser
y que unos afirmemos
tener una buena vida
y otros no.













