Desde que tenemos
uso de razón,
queremos vivir.
Seguir vivos
dentro del cuerpo
en el que nos encontramos
encerrados un día.
Y para ello,
los pensamientos
nos dicen que necesitamos
ser algo,
lo que sea.
Y que
si podemos convertirnos
en algo mejor,
mejor viviremos.
Así nuestro algo crece,
se infla como un globo
lleno de conocimientos y recuerdos,
adoptando un color determinado.
Pero igual que no necesitamos
nada para nacer
y probablemente tampoco
lo necesitaremos para morir,
no necesitamos nada para vivir.
No tenemos que identificarnos
con nada en concreto.
Porque todo aquello
con lo que nos identificamos,
se detiene y nos muestra
un punto de vista determinado,
distinto a todos los demás.
En un mundo lleno
de globos de colores,
inflados con un aire estancado,
que una vez fluyó
espontáneamente sin más.
Vivir sin necesidad de creer
que somos algo determinado,
dejarnos ser sin forma ni nombre,
es el final de todas las necesidades,
de todas las limitaciones
y de todas las preferencias.
Es solo disfrutar
viviendo en dicha y paz,
sin globos que guarden nada
ni muestren ningún color.
Y eso somos ya todos,
sin hacer nada más
que dejarnos ser.
El aire del interior
de los globos,
una vez liberado,
resulta que no era nuestro.
Y se mezcla libremente
con el mismo aire
que recorre las llanuras,
las montañas y el mar
desde siempre.

















