Al reconocer nuestra
verdadera naturaleza,
no desaparecemos
con el mundo.
Simplemente recuperamos
la consciencia
de lo que somos.
Y sin nombre ni forma,
nos identificamos
provisionalmente y sin querer
con un sujeto particular.
Cada vez que es necesario
que el pensamiento
identifique, interprete
y relacione la percepción,
que es la forma
de la consciencia
en movimiento.
Y cuando no,
vivimos fundidos
en esta percepción incesante
sin dividirla en partes.
Con la atención
en total libertad
de ir y venir,
sin quedarse atrapada
en nada,
Ni tener que escoger
algunos de sus pedazos
y rechazar los otros.
Somos entonces
perfectos conductores
entre el tráfico.
Porque no estamos en la persona
pendiente de sus pensamientos,
que se pone a conducir
para ir a algún lugar
a hacer otras cosas.
Solo conducimos y así
lo hacemos perfectamente.
Al terminar,
dejamos de ser conductores.
Y eso es todo,
sin nombre ni forma
somos provisionalmente
todo lo necesario
para que el cuerpo
siga su vida hasta su final.
Este es el maravilloso
funcionamiento espontáneo
de la mente original.
Y si miramos detrás,
no hay nada.
La misma nada,
donde por delante
se manifiesta la percepción.
Así, cuando esta cese
al desaparecer el cuerpo,
la consciencia de ser
que mira hacia atrás
y no encuentra nada,
regresará a esa nada
y será uno con ella.
Como probablemente
lo fue antes
de esta incomparable
oportunidad de percibir.














