Reconocer nuestra
verdadera naturaleza
nos permite vivir
de una manera más sosegada,
que permanentemente
pendientes de los pensamientos.
Eso es todo.
Ni vamos a desaparecer,
a volar, a cambiar la estatura,
a modificar los rasgos del cuerpo,
ni a olvidar todo lo experimentado
desde el nacimiento.
La prueba es cómo
vivieron y murieron
todos esos respetados
maestros del pasado.
Toda esa beatificación del proceso
del despertar espiritual
a una nueva vida,
es una mamarrachada.
En vez de vivir como
ancianos resentidos,
adultos atareados
o jóvenes alocados.
Pasamos a vivir como niños,
disfrutando de cualquier cosa
sin cargar con nada.
Pero así tampoco podemos
construir una personalidad
y una vida.
Es verdad que todo
sufrimiento desaparece,
pero los placeres también
desaparecen con él.
Los altibajos terminan
y uno queda en punto muerto,
dejando indiferente a la vida hacer
sobre un fondo de pacífica dicha vacía.
Quien busque arreglar su vida actual
siguiendo a estos tipos de mis blogs,
que sepa que cuando termine,
su vida como la conocía
habrá terminado también.
