Si nos tocan algo nuestro,
inmediatamente salimos
en su defensa.
Pero si es ajeno
nos da igual.
Así que no nos importa
lo que ocurra
con el objeto en sí,
sino si ocurre
con algo nuestro o no.
Por eso, la identificación
con nuestra persona
y nuestro cuerpo
hace que sintamos
todo lo que les ocurre.
Algo que no sentimos
cuando se trata
de personas desconocidas
y sus cuerpos.
Desidentificados de todo,
podemos dejar
que ocurra lo que sea,
como si todo fuera ajeno.
Lo que no significa
que a partir de entonces
lo descuidemos.
Sino que al darnos cuenta
de que lo somos todo,
cuidamos atentamente
de ese todo,
como nuestro que es.
