1961.- Algarabía. (26 mar 2025)


En el mundo en el que
vivimos como personas,
todo va hilado desde
el principio hasta el final.

Y cada gesto,
cada pensamiento
y cada acción, tienen
sus propias consecuencias.

A veces,
estas consecuencias
son las deseadas
y otras veces no.

Puede que
lleguen de inmediato,
o que aparezcan
cuando menos se esperan.

Pero siempre
teñidas de impermanencia,
ya que nada dura,
todo pasa
y en algún momento,
todo se va.

Por eso, la felicidad
es una tarea a lograr
y sujetar con el esfuerzo
de todos los días.

Y cuyos momentos
de satisfacción
y efímeros placeres,
se alternan sin que
lo busquemos.

Con el dolor,
la duda, el sufrimiento
y la incertidumbre
de no saber nunca de cierto
lo que va a pasar.

Todo este es el mundo
del pensamiento,
con su espacio y su tiempo,
su impermanencia,
su nacimiento, su muerte
y sus consecuencias aflorando
desde el pasado hacia el futuro.

Donde una cosa afecta a la otra,
convirtiéndolo todo en una
especie de juego de malabares
en el que tenemos que tratar
de sostener todas las piezas
donde queremos que estén.

Y así lograr sobrevivir
y satisfacer nuestros deseos
de mejorar y evolucionar,
soportando los vaivenes
del cambio constante
e indiferente.

Pero nacemos sin querer
y morimos sin querer,
no sería hasta lógico
que pudiéramos vivir sin querer,
sin esforzarnos,
sin tener que ganarnos y sostener
constantemente una vida
que no escogimos ni pedimos
y cuyas leyes
no nos permiten su control?

Pues sí, sí es posible
dejándonos vivir y comprobando
cómo todo sigue su curso
a su propio ritmo espontáneo,
desplegando su propia perfección
sin que eso nos agreda
nunca en modo alguno
o precise en absoluto
de nuestra intervención
para nada.

Y para que así suceda,
tenemos que esforzarnos
por resolver el error
de creer ser solo
personas en cuerpos,
interpretando constantemente
la realidad
según nuestros
contenidos aprendidos.

Y reconocer así nuestra
verdadera naturaleza,
al margen de
los pensamientos
que nos arrastran
continuamente sin piedad.

Entonces, se destapa la dicha,
la alegría porque sí,
la plenitud y una inmensa paz,
sobre cuyo manto de silencio
continúa imperturbable
la algarabía de la percepción
y la consciencia.

En un devenir
que surge sin remedio,
sin principio y sin final.